Esteban Raymundo González, 1 Enero 2014

La lluvia es furiosa cuando cae sobre Cuetzalan. Las gotas - gruesas, duras, pesadas - se precipitan como gemas destellantes. El agua corre por las rústicas y empinadas calles y baja, violenta como cascada, sobre las escalinatas de piedra. A este espectáculo de la lluvia brava y repentina los pobladores le conocen como opanate. La torrencial interrupción invita a refugiarse en uno de los cafés del pueblo y contemplar el predecible descenso de la densa neblina proveniente de las montañas. Poco a poco la bruma va cubriendo primero la herrería del kiosco, los tejados y balcones de las casas y luego la torre del reloj. El cerrado cielo brumoso termina por hacer invisible el alto campanario de la parroquia de San Francisco que domina la plaza central del pueblo de Cuetzalan, hasta quedar todo bajo un manto gris de niebla y lluvia que guarda una atmósfera mágica.

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