Dolores del Río, comienzo y final de una época

Ay, Dolores, cómo decirte que una imagen tuya habita mi memoria desde aquellas tardes de infante, cuando miraba tus películas en la compañía materna y que hoy, décadas después, sigues allí, como un mito en blanco y negro, de pie, con el garbo cándido al lado de Pedro Armendáriz en María Candelaria. Allí, mirando en lontananza, con el rebozo alrededor de tu rostro, exhibes la belleza fundacional de un México cinematográfico que se extendió hasta Hollywood.

Dicen tus biógrafos que naciste el 3 de agosto de 1904 en la calle Hidalgo, casi esquina con 20 de Noviembre, en la capital duranguense entonces conocida como Victoria de Durango, lugar donde hoy se pude leer una placa en homenaje a tu inconfundible rostro de estética excepcional: "Dolores del Río. En la historia de la fotografía hay dos rostros perfectos: el de ella y el de Greta Garbo". Y quizás la leyenda, funciona como la reiteración obsesiva de lo que te gustaba escuchar sobre ti.

De niña te pensabas poco atractiva. Como si alguna figura monstruosa se filtrara en el eco de tu rostro frente al espejo. Acomplejada. Por una fealdad que sólo percibías tú, incapaz de darte cuenta todavía, que tus rasgos únicos constituirían los territorios para la irremediable fama. Por ello, y para aminorar tu inseguridad figurativa, tu madre le encomendó a un famoso pintor de la entonces aristocracia mexicana, Alfredo Ramos Martínez, retratar en el lienzo tu agraciada figura que miraste una y mil veces como la hermosa certeza de quererte y aceptarte. Para ti, como escribió Carlos Monsiváis, “la necesidad de la belleza fue un deseo consciente y una victoria inacabable”.

María de los Dolores Asúnsolo y López-Negrete, creciste con los privilegios de ser hija única en el interior de una familia adinerada. Ni siquiera la Revolución pudo aminorar las financieras ventajas que te proporcionaron estudios en el Colegio Francés del Distrito Federal. Sí, migraste a la capital del país con tu valija repleta de ropa fina. Estudiaste danza persiguiendo los pasos de Anna Pávlova y, en la exploración del cuerpo, hallaste la iniciática confianza para elegir luego, reflectores y escenarios, como forma de vida.

En el trámite del baile conociste al que sería tu primer amor y quien cedería el apellido para fundar la leyenda inmortal: Jaime Martínez del Río y Viñen. A su lado, conociste Europa y saludaste a la realeza española. Días pródigos de viajes, lujos y vida aristocrática. Pero el destino, reservaba para ti una fulgurante actividad más allá de administrar propiedades y tierras.

Edwin Carewe, cineasta estadounidense a quien enamoraste, arrobaste, embelesaste, fue quien te convenció de tomar la decisión que alguna vez definirías tú misma en entrevista a Elena Poniatowska: “fui la primera mujer que rompió sus cadenas y que, de señora de sociedad, pasó a ser actriz de cine”.

Un reportaje te dio bienvenida al otro lado del Río Bravo: Dolores Del Río, la heredera y Primera Dama de la Alta Sociedad mexicana, ha llegado a Hollywood con un cargamento de chales y peinetas valuados en 50.000 dólares (se dice que es la muchacha más rica de su país gracias a la fortuna de su marido y la de sus padres). Hará su debut en la película Joanna, dirigida por su descubridor Edwin Carewe.

Ay, Dolores, tenías entonces 21 años cuando sucedió tu primera decepción cinematográfica. Obvio, dudaste. Aun así, acrecentaste el empeño en las clases de inglés, actuación, canto, natación y gimnasia. Querías lucir. Anhelabas ser.

Y serías. El precio de la gloria consolidaría la paradoja del bautismo triunfal. Película ascensor. Pero mientras los diarios te describían como sensual y bella, tu matrimonio naufragaba hasta diluirse en un vertiginoso remolino que te arrojó a las fauces del voluble Hollywood, y a los brazos, primero de Cedricc Gibbons, director artístico de la Metro Goldwyn Mayer y luego, del afamado Orson Wells, que sin dolencia ni recato encontraría más tarde a tu sustituta en Rita Hayworth.

Unas treinta películas después, emprendiste el retorno para buscar el éxito en tu propia geografía. En México, conseguiste de los ojos de Emilio “el Indio Fernández y Roberto Gavaldón, la mirada acuciosa, certera, artística y sobre todo enunciativa de un país dibujado en los papeles que representaste en sus películas.

 

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Por Antonio Monter Rodríguez

De Flor Silvestre en 1943 a Casa de Mujeres en 1966, tramitaste personajes que nunca fuiste. La india idolatrada por su Lorenzo Rafael (María Candelaria, 1943), la prostituta que ejerce contra la adversidad para sacar adelante a su hijo (Las abandonadas, 1944), la aventurera extraviada que enloquece a los hombres con su ebullición erótica (La Selva de fuego, 1945), la esposa que es traicionada por su propia hija en un melodrama filial sin par (La malquerida, 1949), la conservadora, religiosa y a la vez perversa tía que hace la vida imposible a su sobrino (Doña Perfecta, 1950), o la revolucionaria fortuita capaz de contra argumentar la belleza de María Félix (La cucaracha, 1958).

Por Antonio Monter Rodríguez

 

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