Una casa con alas que canta por las noches: el surrealismo escultórico de Edward James

Atravesamos el Anillo de la Reina para internarnos en el enigmático Jardín Escultórico de Edward James – acaudalado aristócrata de origen escocés, mecenas de grandes artistas –

Construido en un paraíso selvático conocido como Las Pozas, en el sureste de la Huasteca Potosina, a unos cuatro kilómetros de Xilitla. Aquí, integradas a la exuberante vegetación, cascadas y estanques naturales, insólitas excentricidades de concreto y varilla, realizadas entre 1962 y 1984, forman parte de un Shangri-la inverosímil, etéreo, místico.

Aprovechando la accidentada orografía en la zona del río Huichihuayán – área en la que coinciden el bosque mesófilo y la selva tropical – el “tío Eduardo”, llamado así por sus amigos y allegados, concibió en nueve de 36 hectáreas un alucinante complejo escultórico-arquitectónico en el que plasmó sus sueños e inquietudes. Ensoñaciones inacabadas, ocultas bajo pátina, líquenes y musgo. Intemporal universo onírico inspirado en aves, mariposas, orquídeas, bromelias, bambúes y agua.

Seguimos al escurridizo conejo blanco de Alicia por un camino de piedra laja, custodiado por siete serpientes con aplicaciones y siete extravagantes estructuras azules, coronadas con resplandores anaranjados, incorporadas a pilastras fitomorfas. En cierto modo, este simbólico pasaje nos prepara para abrir las “puertas de la percepción” aludidas por William Blake y posteriormente retomadas por Aldous Huxley.

Envueltos con la misteriosa atmósfera de la jungla, continuamos por una escalera mimetizada hasta llegar a la Casa de los Pericos, destinada para criar aves exóticas. Imaginamos guacamayas rojas y parlanchines loros huastecos desplegando sus alas sobre la cornisa del techo abovedado. Edificada con ladrillo, concreto y piedra laja verde y azul, atrae nuestra curiosidad por sus elementos decorativos: capiteles egipcios, sutiles arbotantes exteriores y arcos ojivales.

Un poco más adelante se encuentra la carpintería en la que se instaló otro anillo psíquico y un grifo – brotando como un pistilo – para que los trabajadores se asearán. Decenas de albañiles, carpinteros y trabajadores locales colaboraron en distintas fases constructivas de este delirante proyecto que costó alrededor de cinco millones de dólares.

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Muy cerca se encuentra la Casa del Ocelote, estructura enrejada de dos niveles, con terraza y rodeada de espigadas columnas, diseñada para albergar tigrillos. Es importante señalar que la mayoría de las construcciones no tienen un fin utilitario: pilares y contrafuertes que no sostienen nada, capiteles orientales y florales en las que descansa el aire, escalinatas, puentes y corredores inconclusos que conducen a ninguna parte, habitaciones sin techos ni paredes, murallas de bambúes y esculturas dispuestas instintivamente, siguiendo la certeza del azar. En inevitable pensar en las escaleras infinitas de Escher al contemplar esta arquitectura imposible, fusionada al follaje de la selva y a las raíces de los árboles.

Cruzamos el esotérico Puente de la Flor de Lis y nos extraviarnos en pétreos laberintos. En ocasiones es necesario perderse para hallar algo que está escondido. Tropezamos con una inusual fuente de colores deslumbrantes, rematada con una bromelia estilizada, en la Plaza San Eduardo, una singular casa de tres pisos que podrían ser cinco y un irreal palacio de bambú que parece gravitar como un castillo suspendido en el vacío.

En el Pasillo de las Orquídeas – los nombres poéticos son recurrentes – sentimos que el tiempo se diluye con lentitud, como en un lienzo surrealista. Escuchamos los latidos de la selva, ajustamos nuestro paso al ritmo de estas tenues palpitaciones.

Llegamos hasta la cascada El General, inesperado jardín zen que invita a la meditación: vivimos en un mundo en el que permanecemos en promedio diez horas diarias conectados a un Smartphone, adictos a la tecnología y a las redes sociales, olvidamos el sonido del agua precipitándose, el aroma de la tierra húmeda, la textura de la roca erosionada. En el Templo de los Patos, erigido frente a la cortina de agua, reflexionamos en el sueño que vive dentro del sueño que vive dentro de otro sueño.

Próximas a la cascada se encuentran las pozas, albercas naturales en las que tenemos oportunidad de refrescarnos. Aquí, Edward James experimentó una epifanía: mientras se bañaba en uno de los estanques, cientos de mariposas descendieron sobre uno de sus acompañantes. Interpretó este momento como una revelación, había encontrado su Edén personal: un refugio en el que podría construir una casa con alas que cantara por las noches.

 

 Por Esteban Raymundo González

 

 

 

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