Pátzcuaro, capital del estado de Michoacán y distinguida desde el año 2002 como Pueblo Mágico, fue un importante centro sagrado del imperio purépecha. Los antiguos pobladores creían que en este lugar de la zona lacustre del mismo nombre, a unos 60 kilómetros de Morelia, se encontraba la Puerta del Cielo por donde descendían, y ascendían, los dioses pretéritos. Con la llegada de los españoles en el siglo XVI y la posterior conquista religiosa, en 1539, don Vasco de Quiroga trasladó la capital del entonces Obispado de Michoacán a esta población.

Esteban Raymundo González, 1 Enero 2014

El Lago de Pátzcuaro

El Lago de Pátzcuaro es uno de los principales atractivos naturales de Michoacán. En esta región se encuentran zonas arqueológicas, sitios históricos y culturales, así como ancestrales comunidades purépechas.

La rivera del lago está salpicada con poblaciones artesanales como Tzintzúntzan, Santa Clara del Cobre, Cuanajo, Tupátaro, Erongarícuaro y Quiroga. Otros sitios de interés para los visitantes incluyen las islas de Janitzio, La Pacanda, Yanuén, Tecuena, La Tecuenita, Jarácuaro, Urandén Morelos, y Urandén Morales.

Uno de los platillos típicos de los pueblos ribereños es el pescado blanco, pez de talla mediana, endémico del Lago de Pátzcuaro. Esta especie de pez representa una importante fuente de ingresos para la región. Sin embargo, su sobre explotación amenaza su sustentabilidad.

La pesca en el Lago de Pátzcuaro se realiza de a cuerdo a la costumbre tradicional, en cayucos y empleando redes en forma de alas de mariposa, llamadas guaromútacua. Algunos pescadores ahora también usan chinchorros y agalleras.

Una ciudad para contemplarse

Es fácil llegar a Pátzcuaro. Por carretera está a menos de una hora de distancia desde Morelia. Este destino colonial se distingue por sus monumentos barrocos, sus blancas casas de adobe, sus tejados rojos, fuentes, plazas y jardines. Cuenta con hostales y hoteles cinco estrellas. Recomendamos el hotel Pueblo Mágico, instalado en un céntrico edificio colonial de cantera con habitaciones cómodas y un servicio discreto y esmerado. Para los madrugadores, algunos establecimientos alquilan bicicletas para conocer Pátzcuaro y comunidades vecinas. Una excelente forma de iniciar el día es con un rico desayuno que incluya corundas, servidas con crema, salsa molcajeteada, y queso cotija; y los uchepos que son parecidos a tamales, elaborados con maíz tierno.

Un recorrido por esta bella ciudad puede comenzar en la Casa de los Once Patios. Antes conocida como Convento de Santa Catarina, fue construida en el mismo lugar donde se estableció el Hospital de Santa Marta, fundado por don Vasco de Quiroga. Este monumento del siglo XVIII se encuentra al sureste de la Plaza Don Vasco, y actualmente alberga numerosos talleres donde se pueden adquirir todo tipo de artesanías: coloridos textiles y huanengos de Zacán, rebozos de La Piedad, cerámica de Patamban, brillantes lacas de Pátzcuaro, tallas de maderas de Quiroga, cobre martillado de Santa Clara, y otras maravillas.

La Plaza don Vasco de Quiroga es uno de los espacios más hermosos no solo de Pátzcuaro, sino de todo México. Es un lugar rodeado por históricas casonas, portales y jardines. En el centro de la plaza, erigido en una fuente, encontramos un monumento dedicado a don Vasco de Quiroga, cuya obra evangelizadora y humanista influyó en los pueblos purépechas. En esta plaza se encuentran el Palacio de Huitziméngari, hijo del último gobernante purépecha, y la Mansión de los Condes de Menocal, monumento del siglo XVII, conocida como La Casa del Gigante.

Seguimos rumbo a la Basílica de la Salud. Este es el templo más importante de Pátzcuaro, y fue construido por don Vasco de Quiroga en el siglo XVI. En el interior apreciamos una imagen de caña de maíz de la patrona de la región, la Virgen de la Salud. Además es indispensable visitar el Templo del Sagrario, del siglo XVII, el Santuario de Guadalupe, del siglo XIX, el Templo del Humilladero y el Templo del Hospitalito, ambos del siglo XVI.

Arribo del pelícano borregón en los santuarios de Michoacán

El pelícano blanco americano o borregón es originario de los lagos de Groenlandia, y de los territorios de Columbia Británica, Alberta, Manitoba y Ontario, en Canadá. Esta ave de plumaje blanco y negro puede llegar a pesar hasta 8 kilogramos, cuentan con un pico de hasta 50 centímetros y alcanzan una envergadura de más de dos metros. Todo un espectáculo el vuelo de miles de pelícanos en el cielo de Michoacán cuando, durante los meses de noviembre y diciembre, recorren una distancia de más de tres mil kilómetros, a una altura de casi cinco mil metros para anidar en las ciénagas de los lagos de Chapala, en Jalisco, Cuitzeo y la Isla de Petatán en Cojumatlán, en el estado de Michoacán. Los pelícanos permanecen en estos santuarios mexicanos durante el invierno, y regresan al norte en los meses la primavera. La llegada de los pelícanos es motivo de celebraciones y festivales. Es común observarlos al atardecer, cuando se aproximan a la rivera para recibir alimento de los pescadores locales.

Las lacas de Pátzcuaro

La laca o maque es un terminado resplandeciente que se logra con la mezcla de aceites, chía, linaza, y de tierras de diversos colores. Se trata de un proceso largo y laborioso, tanto en la preparación del material como en la aplicación. El trabajo de la laca es una técnica de decoración que tiene sus raíces en el México pre-Colombino, perfeccionada durante la Colonia. Fray Bernardino de Sahagún, autor de un número importante de obras consideradas hoy entre los documentos más valiosos para la reconstrucción de la historia del México antiguo, describe las lacas en sus manuscritos, y refiere el uso que se les daba. El arte del lacado debió estar presente en todo el mundo pre-Colombino. Sin embargo, con el arribo de los conquistadores esta técnica se redujo paulatinamente hasta concentrarse en solo algunas regiones como Olinalá, Tamalacancingo y Acapetlahuaya, en Guerrero, Chiapa de Corzo, en Chiapas, Uruapan, Quiroga y Pátzcuaro, en Michoacán. En Pátzcuaro, el trabajo en laca es de una belleza extraordinaria. Durante el Virreinato, la ciudad de Pátzcuaro era una de las Reales Aduanas donde se revisaban los cargamentos de mercancías orientales que venían de las Filipinas y eran conducidas a Valladolid, hoy Morelia, por Camino de Herradura vía Zihuatanejo por los comerciantes michoacanos. Esto explica la influencia oriental en los trazos y en las decoraciones artesanales de las lacas de Pátzcuaro. Es importante destacar que si bien el laqueado de las piezas era realizado por maestros de Uruapan, el decorado final estaba a cargo de los artesanos de Pátzcuaro, quienes se caracterizaban por incluir perfilados en hojas de oro. Este estilo alcanzó su auge entre los siglos XVII y XVIII. Para el maque, los artesanos usan una tierra con altos contenidos minerales como el carbonato y el magnesio, extraída de Tócuaro. Los maqueadores le llaman tierra blanca, y la calcinan y muelen en metate hasta obtener un polvo seco, blancuzco, y fino. A las tierras que utilizan para la elaboración de la masa del maque les llaman tepútzchuta. Estas tierras se emplean para la base del trabajo. también se utilizan otras de composición caliza para obtener pigmentos. Otro elemento utilizado para la elaboración del maque es el aceite, ya sea de origen animal, llamado aje, o de origen vegetal, chía y linaza. Estos aceites tienen la cualidad de cambiar de estado al oxidarse. El aceite de aje, común en Pátzcuaro, se extrae de una especie de cochinilla, la que se hierve para obtener su grasa. Las sisas que los maqueadores usan en su trabajo son una mezcla de aje y chía llamada tzipiatz, y una mezcla de tierras, y aceites llamada tepútzchuta. Para la elaboración de las lacas con perfilado de oro, antes debe seleccionarse la pieza de madera que bien puede ser una batea, una jícara o un guaje. La pieza se lija, pule y limpia con gasolina blanca y manganeso. Después, el artesano resana imperfecciones y aplica la sisa en el objeto para endurecerlo e impermeabilizarlo. Cubierta la pieza con sisa, el artesano perfila los diseños del decorado con una punta de acero. Con una navaja elimina la sisa de las partes que llevarán colores diferentes, repitiendo esto en la base del maque. Primero se aplican los colores más oscuros, sombras, después los más claros, luz. Los artesanos dejan pasar entre tres y cinco días para aplicar cada color. Para el acabado se pule con una muñeca o trapo de algodón hasta dejar la superficie tersa y, en ocasiones, se agregan algunas gotas de aceite de chía. Finalmente se aplican las hojas de oro, previamente cortadas.

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