El Palacio de Bellas Artes.

Unos minutos antes de las 11 de la mañana, llegó para inaugurar el recién concluido Palacio de Bellas Artes, Abelardo L. Rodríguez – entonces presidente de la República –.

En una crónica periodística se menciona que la ceremonia fue “solemne y sencilla”, con la participación de la Orquesta Sinfónica Nacional y los Coros del Conservatorio Nacional de Música. Posteriormente, Abelardo L. Rodríguez anunció desde su palco en la Sala Principal: “Hoy, 29 de septiembre de 1934, declaro inaugurado el Palacio de Bellas Artes, centro de divulgación cultural, uno de los puntos básicos del programa revolucionario”. Así, después de 30 años de espera, abrió sus puertas el más importante recinto cultural de nuestro país, declarado Monumento Artístico por la UNESCO en 1987.

Un teatro para don Porfirio

Como parte de los festejos del Centenario de la Guerra de Independencia de 1810, Porfirio Díaz ordenó la remodelación del Gran Teatro Nacional. Pero cambió de idea y encargó al arquitecto italiano Adamo Boari el diseño de un nuevo teatro que sustituyera al anterior, como un símbolo inequívoco de modernidad, refinamiento y bonanza económica de su gobierno.

En 1904 inició la primera etapa de construcción: se levantaron los cimientos en siete mil 500 metros cuadrados de superficie y comenzaron los trabajos en el exterior del edificio, incluyendo los conjuntos escultóricos. Influenciado por la majestuosidad de la Gran Ópera de París, Boari siguió las pautas del Art Nouveau de la época: “Al mexicanizar el Art Nouveau a través del aspecto escultórico en el exterior del edificio se le dio un toque nacionalista a través de muchos ornamentos inspirados en la flora y fauna mexicanas, así como en motivos de origen prehispánico, aunque el gran giro e innovación estuvieron en el diseño general que mantiene rasgos clásicos”.

En la estructura del edificio se utilizaron acero y concreto, y se revistió el esqueleto metálico con mármol mexicano y de las canteras italianas de Carrara. El peso del edificio – con 53 metros de altura hasta el espiral – superó las 84 mil toneladas. Esto provocó su hundimiento, detectándose la primera anomalía en 1907. Para corregir la afectación se inyectaron arena, cal y arcilla.

El plazo para terminar el proyecto era de cuatro años, Porfirio Díaz esperaba inaugurar la obra en septiembre de 1910; pero los trabajos fueron interrumpidos debido a las características del suelo, la falta de dinero y la inestabilidad social que trajo consigo el estallido de la Revolución Mexicana.

Un palacio para el arte

Luego de tres intentos de gobiernos posrevolucionarios, los trabajos reiniciaron hasta 1932, bajo la dirección del arquitecto mexicano Federico Mariscal. Esta segunda etapa se caracterizó por la influencia del Art Decó en los acabados del vestíbulo e interiores, así como el uso del ónix y mármoles mexicanos. Es importante señalar que en 1999 se restauraron las dos semicúpulas oriente y poniente; y entre 2003 y 2004, la cúpula mayor del palacio.

El amplio vestíbulo se distingue por sus limpias líneas geométricas y monumental escalinata. En este espacio han recibo homenaje póstumo personalidades del arte y la cultura. En los tres pisos del interior se exhiben permanentemente 17 murales de grandes maestros como Rufino Tamayo, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, realizados entre 1928 y 1963.

En la Sala Principal encontramos el escenario – renovado entre 2008 y 2010 –, el plafón “Apolo y las musas”, el mural del arco del proscenio y el legendario telón de cristal, único en el mundo, realizado en 1910 por la casa Tiffany de Nueva York, inspirado en los paisajes de Gerardo Murillo, el Dr. Atl, con 14 metros de ancho, más de 12 metros de altura, un peso de más de 20 toneladas y un millón de cristales opalescentes.

Hoy, el Palacio de Bellas Artes recibe a más de un millón de visitantes anuales, es sede principal de la Orquesta Sinfónica Nacional, de la Compañía Nacional de Danza, de la Compañía Nacional de Ópera y del Ballet Folklórico de México. Además, alberga el Museo del Palacio de Bellas Artes y el Museo Nacional de Arquitectura. 

 Por Esteban Raymundo González

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