Semana Santa en Taxco

Llegué temprano a la estación de autobuses de Taxco, pueblito en las agrestes montañas de Guerrero. Desciendo del camión, cruzó con precaución la autopista y subo por las empinadas calles empedradas. Imagino a un muy joven Juan Ruiz de Alarcón caminando taciturno por la pendiente hasta su casa, frente a la parroquia de Santa Prisca. Ahora esta casona es un exclusivo hotel, pero debido a su importancia histórica es considerada Monumento Artístico y Patrimonio Cultural.

 

La envolvente atmósfera colonial de Taxco, reconocida como Ciudad Luz y Pueblo Mágico, además de un importante centro artesanal de maestros orfebres, resulta inigualable para vivir una de las experiencias más conmovedoras en nuestro país: Las fervorosas e impresionantes procesiones durante la Semana Santa, tradición que tiene sus orígenes entre los siglos XVI y XVII.

Conforme transcurre la mañana, Plaza Borda y las calles aledañas comienzan a llenarse con cientos de visitantes, tanto paisanos como extranjeros. Entro a una de las tiendas cercanas a la plaza y contemplo el extraordinario trabajo realizado en plata por los maestros taxqueños. La orfebrería en este pintoresco rincón mexicano es un oficio que se practica desde la época virreinal y alcanzó notoriedad en el siglo XIX. Pero sería William Spratling, en los años treinta del siglo pasado, el gran impulsor de la orfebrería artesanal en Taxco.

Adquiero algunos suvenires en el Mercado de Artesanías, junto a Santa Prisca: una cajita de Olinalá y algunas piezas de alfarería. Bebo un poco de agua, seco el sudor de mi rostro y busco un restaurante para comer. En estas fechas recomiendo saborear los deliciosos chiles rellenos con queso criollo, los huauzontles en mole rojo, las tortitas de ejote o camarón, el queso en salsa, las habas y las lentejas.

Las procesiones a lo largo del día, continúan con el crepúsculo. Los primeros en aparecer son los encruzados, penitentes que ocultan el rostro bajo negras capuchas o capirotes y cargan espinosos fardos de zarzamora que miden poco más de dos metros y pesan entre 70 y 80 kilos; después vienen los flagelados, quienes golpean sus espaldas con disciplinantes de plomo; por último las ánimas, mujeres que caminan encorvadas, llevando en los brazos pesados crucifijos o sosteniendo cirios. Descalzos, recorren alrededor de tres kilómetros por las angostas calles del pueblo.

Sigo con la mirada al último encapuchado perderse en la oscuridad de una callejuela. En algún momento de la procesión, mi corazón se sobrecogió; sin embargo solo puedo sentir respeto y admiración por los penitentes. Los invito a vivir el misticismo y la espiritualidad en Taxco.

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