Selva Lacandona, el cielo en la Tierra

Selva Lacandona

"Hachakum creó el cielo y la selva. El cielo lo sembró de estrellas y la selva de grandes árboles. Las raíces de todas las cosas están conectadas. Cuando un árbol es derribado, una estrella cae del cielo".Chan Kin "el viejo" gran patriarca de los mayas-lacandones.

 

Esteban Raymundo González, 1 Enero 2014

Amanece. El rocío de la madrugada perla los helechos. El aroma de tierra mojada satura el ambiente. Los roncos aullidos de monos saraguatos, escondidos en el denso follaje, anuncian el comienzo de un nuevo día. Rojas guacamayas con plumaje tornasolado graznan y revolotean alrededor de sus nidos construidos en las oquedades de los árboles. Tucanes se alimentan con frutos silvestres. Una pareja de quetzales con plumas iridiscente silba desde su escondite. Grandes cocodrilos descansan en la rivera del río Usumacinta, el más caudaloso de México, frontera natural entre nuestro país y Guatemala.

Jaguares y ocelotes regresan a sus madrigueras en lo más recóndito de la selva.

Rústicas piraguas recorren las corrientes azules del río Lacantún, donde coinciden las aguas del Jataté y el Ixcán. Una lluvia repentina sorprende a una diminuta rana. Los primeros rayos del alba iluminan templos y santuarios en Palenque, Bonampak, Toniná y Yaxchilán. Uno de los pequeños hijos del sol abraza una ceiba sagrada. Entonces todo tiene sentido. Amanece en la Selva Lacandona.

Selva Lacandona, territorio jaguar

La agreste Selva Lacandona se encuentra en el estado de Chiapas. Es una extensa región tropical que comprende cerca de un millón de hectáreas con amplia biodiversidad, dentro de sus límites se encuentran las Reservas de la Biosfera de Lacan Tun y Montes Azules, espacios naturales protegidos desde 1992.

Entre la maleza de la Selva Lacandona conviven mágicos jaguares, astutos ocelotes, ruidosas guacamayas rojas, cuya existencia está ahora amenazada, inquietos tucanes, sigilosos tapires, traviesos monos arañas y grandes saraguatos, así como una gran variedad de reptiles, anfibios e insectos, incluyendo cerca de 800 clases de mariposas.

Lo anterior sin olvidar una tupida vegetación en perpetúo verdor como si se tratara de un manto de piedras preciosas. También pueden encontrarse orquídeas y bromelias, entre otras especies de flores endémicas de la selva.

Además este espectacular escenario se integra con el follaje de árboles característicos de la región. Se distinguen en la espesura ficus, palo mulato, mata-palo, caoba, cedro rojo, encino y fresno. Sin embargo es la ceiba el árbol emblemático de la selva del sureste. La ceiba puede alcanzar 60 metros de altura y su tronco un diámetro de hasta dos metros.

Para los antiguos mayas, la ceiba sostenía con sus ramas al universo y comunicaba al hombre con el cielo. La ceiba es símbolo de sabiduría y resistencia; actualmente, los mayas-lacandones continúan venerando al hermano árbol: rodean con sus brazos el tronco de la ceiba y preguntan sobre su propia existencia. La ceiba sagrada es la memoria de la vida.

Los pequeños hijos del sol

En el siglo XVI una serie de expediciones españolas concluyeron con la conquista de Chiapas en 1530. Los nativos de la Selva Lacandona fueron perseguidos y casi exterminados. Un grupo de estos indígenas, los mayas-lacandones, quienes ocuparon las tierras de la laguna Miramar, se adentraron en la selva y encontraron refugio en la rivera del río Lacantún. Resistieron a los conquistadores hasta finales del siglo XVII. Los mayas-lacandones se mantuvieron aislados, conservando ancestrales tradiciones y costumbres.

Los mayas-lacandones se consideran a sí mismos como el único pueblo no conquistado y evangelizado. Se autonombran con orgullo hach winik, los verdaderos hombres. Actualmente solo quedan unos 600 distribuidos en Nahá y Metzabok, en las montañas del oriente de Chiapas, y en Lacan ha Chan Sayab, en el sur del estado.

Guardianes de la selva y la memoria de sus antepasados, los mayas-lacandones, pequeños hijos del sol, son gente amigable, sonriente, digna. Los hombres mantienen largo el cabello, visten túnicas blancas elaboradas con manta y calzan sandalias; las mujeres se inclinan por prendas de colores brillantes.

 

Conviven en grupos familiares, encabezados por un patriarca, practicando un milenario culto naturalista en el que se expresa el profundo respeto que los mayas-lacandones sienten por la selva. Algunos de sus rituales aún son celebrados en sitios como Bonampak y Yaxchilán, pues consideran que estos lugares, como Palenque y Toniná, son residencia de los dioses.

Los mayas-lacandones quizá sean el último pueblo feliz: viven con sencillez, transmitiendo oralmente su sabiduría de padres a hijos, mientras acompañan al dios jaguar en los senderos de la selva.

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