La Condesa, un hallazgo extraordinario

Grandes Ciudades

La Ciudad de México es la segunda más grande del planeta, arriba de Nueva York y superada únicamente por Tokio. La capital de México cuenta con una superficie de casi mil 500 kilómetros cuadrados, donde vibran, sueñan, aman y festejan más de 8 millones de habitantes. La economía capitalina contribuye con el 25% del PIB nacional y es considerada la octava ciudad más rica del mundo. Más de 3 millones de vehículos se desplazan por sus vialidades y viajan en el transporte público 20 millones de personas, tan solo el subterráneo realiza más de un millón de recorridos diarios. Pero esta formidable metrópoli, contrastante y bulliciosa, aún conserva barrios centenarios como La Condesa.

Esteban Raymundo González, 1 Enero 2014

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Un paisaje porfirista

A principios del siglo XVIII, doña María Magdalena Dávalos de Bracamonte y Orozco, Condesa de Miravalle, título nobiliario que distinguía a los descendientes del emperador azteca Moctezuma II, adquirió en remate la Hacienda de Santa María del Arenal, finca que se encontraba entre el pueblo de Tacubaya y el Potrero de La Romita. Era una época en que abundaban plantaciones vecinas de naranjos, olivos y ciruelos. Grandes fresnos ofrecían su sombra en lo que ahora es la Avenida Oaxaca. Se escuchaba el característico silbido de los arrieros cubiertos con gabanes, recorriendo incansables los caminos, guiando sus recuas de mulas cargadas de mercancías con rumbo al centro de la ciudad.

Durante el gobierno de Porfirio Díaz, los tranvías sustituyeron a las diligencias y las mujeres usaban alhajas, canesús con encajes, crespones y vestidos de seda. La sociedad aristocrática se inclinaba por el estilo de vida europeo, especialmente todo lo concerniente a la moda y costumbres parisinas. La gente se entretenía con zarzuelas, grandes fiestas, corridas de toros y carreras de caballos en el polvoriento barrio de Peralvillo, organizadas por el Jockey Club.

El Jockey Club de México, con una añeja tradición que se remonta al siglo XIX, construyó y administró un hipódromo en los terrenos de La Condesa, un sitio más cómodo y cercano para los distinguidos asistentes a eventos hípicos, deporte de caballeros. La pista de este recinto se encontraba en la actual Avenida Ámsterdam, conocida por su trazo elíptico. Este estadio fue inaugurado en 1910 por el mismísimo Porfirio Díaz, como parte de las celebraciones del Centenario de la Guerra de Independencia.

Las vicisitudes de la Revolución del 20 de noviembre de 1910 no impidieron a los gentlemen continuar disfrutando del Hipódromo de La Condesa, así que mientras Francisco Madero defendía con pasmoso optimismo su presidencia, en este lugar comenzaron a realizarse competencias de polo, ciclismo y carreras de automóviles. Actividades que se prolongaron hasta 1925, año en que cerró sus puertas.

Además del hipódromo, otra obra importante en aquellos años de la dictadura de Porfirio Díaz, fue la Plaza de Toros, una construcción que requirió de más de mil toneladas de hierro y el trabajo de cerca de 20 mil hombres. La mayoría de los materiales para erigir este monumental coso fueron traídos de Bélgica. La plaza inconclusa presentó su primer cartel en 1907 y funcionó durante casi 40 años. El sitio donde se ubicaba este redondel, actualmente lo ocupa El Palacio de Hierro en la esquina de las calles de Durango y Salamanca.

La Condesa, centenaria y cosmopolita

Entre las décadas de los veinte y treinta, finalizado el conflicto revolucionario, La Condesa se distinguió por sus avenidas con jacarandas y árboles frondosos, amplios camellones, fuentes y glorietas, así como por sus edificios y arquitectura art déco, mezcla de varios estilos que se caracteriza por sus efectos decorativos, colores brillantes y patrones repetitivos, así como el uso de elementos constructivos como concreto, cromo y aluminio. Ejemplos notables de esta corriente son el Edificio Basurto, en la calle de Tabasco, con más de 40 metros de altura, obra de Francisco Serrano, y el Edificio Condesa, en la Avenida Mazatlán, cuya construcción estuvo a cargo del arquitecto inglés George W. Cook.

En las calles de Michoacán y Avenida México, donde se estableció el área central del antiguo hipódromo, se encuentra el Parque México, trazado a finales de los años veinte por Leonardo Noriega y Javier Stávoli. Este oasis citadino de aproximadamente nueve hectáreas de superficie, muestra un extraordinario naturalismo arquitectónico. Se multiplican helechos, mimosas, cipreses, palmeras y bambúes. Los visitantes dominicales disfrutan las fuentes y el pequeño lago en el que nadan patos y cisnes. Uno de los sitios más concurridos del parque es el espacio Charles Lindbergh, nombrado así en honor del conocido piloto estadounidense que realizó un aterrizaje en la ciudad en 1927. El conjunto de cinco pilares, pérgolas y una fuente con forma de mujer que sostiene dos cántaros, obra del escultor José María Fernández Urbina, y el mural de Roberto Montenegro, distinguen este foro al aire libre.

Además de contemplar sus bellos edificios, recorrer sus parques y plazas, La Condesa ofrece una gran variedad de boutiques, cafés, restaurantes y bares con personalidad cosmopolita. Por la noche, saboreando una cerveza o un martini de tamarindo, puede vivirse un ambiente en el que coinciden ritmos del mundo, desde la cadencia del reggae hasta los ecos robóticos de la música electrónica. Con la luna y una mirada, todo puede ocurrir en La Condesa

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