Los Mayas

Los rasgos que imprime el Mundo Maya en el rostro plural de México son de primera magnitud. Los herederos de la que es considerada por muchos como la civilización más deslumbrante de la América precolombina tienen su asiento primario en siete estados del territorio mexicano actual:

Tabasco, Chiapas, Veracruz, San Luis Potosí y las tres entidades que conforman la península yucateca: Campeche, Quintana Roo y Yucatán, donde habitan los llamados propiamente mayas, que dieron nombre a todos los integrantes de la familia lingüística denominada mayance, mayanse o mayense. Pero cabe recordar que la familia maya desborda las actuales fronteras mexicanas, extendiéndose hacia Belice, Guatemala y Honduras, e incluía en épocas anteriores pequeñas porciones de El Salvador.

Hablar de la Península de Yucatán es hablar de los mayas, segundo pueblo mesoamericano de México en términos numéricos: alcanzaban para el 2000 casi un millón y medio de individuos. No sorprende, por tanto, que entre las regiones indígenas de México la península ocupe un sitio privilegiado, por lo que a riqueza humana y cultural toca, surgida de una matriz de antigua y recia raigambre mesoamericana.

Los Mayas y “lo Maya”: un patrimonio milenario y actual

Una de las características más sobresalientes de la Península de Yucatán es la impronta maya, que sorprende y atrapa a cualquier visitante. Se hace presente desde un primer momento: en el rostro y la configuración corpórea de sus moradores, en el tono, los vocablos y los giros del lenguaje, en el atavío que portan en las comunidades no pocas de sus mujeres, en su carácter amable y jocoso, en la forma de sus viviendas, en su peculiar relación con la naturaleza, en la gastronomía y en otros mil detalles de la vida cotidiana, y viene a hacer eclosión cuando de festejos se trata: las imágenes de los santos patronos de los pueblos visitándose unas a otras, los desfiles de los gremios, donde las mujeres lucen sus bellos trajes de fiesta realzados por delicadas labores de orfebrería; las alegres vaquerías, donde émulos de toreros hacen las delicias del público con sus “charlotadas”; la música de las jaranas inundando el aire que surcan los cohetes llamados localmente “voladores”, el olor del relleno negro, los dzotobichayes, los papadzules y los polcanes; los altares que se levantan en cada casa para noviembre, mes en que se espera a los muertos de la familia con tamales, frutas, cigarrillos y los platillos que en vida más les gustaban, distribuidos en torno a la yax cruz, la “ceiba-cruz”.

Este complejo y espléndido patrimonio cultural, que se despliega en un amplio abanico de manifestaciones sonoras, visuales, olfativas, gustativas y hasta táctiles, no es una mera explosión sensorial: surge de una peculiar manera de concebir y vivir el mundo; concepción que a su vez se nutre de una realidad histórica con una antigüedad cercana a los tres mil años, ya que —a decir de los arqueólogos— hace al menos 30 siglos comienzan a apreciarse las primeras improntas culturales tangibles que se pueden considerar como características de la civilización maya.

Uno de los criterios comúnmente empleados por la antropología del siglo pasado como distintivo de los grupos indígenas es el atavío. El de los mayas peninsulares se estereotipó, caracterizado por el empleo por parte de las mujeres de un largo hipil bordado en punto de cruz en el cuello y el vuelo inferior o “ruedo”, una enagua, “justán” o fustán y un rebozo, el cabello peinado en “chongo” y los pies descalzos. Los hombres, por su parte, se nos mostraban vestidos de manta: camisa de manga larga y pantalón blanco, con una especie de delantal a cuadros, calzados con alpargatas de cuero que se anudan con hilo de henequén, y sombrero de palma.

Tal sería el atuendo cotidiano “tradicional”, que en ocasiones festivas se enriquecería, en el caso de las mujeres, tanto por la calidad de las telas empleadas como por la profusión y delicadeza de los bordados, por el uso de un justán más largo (bordado o con calados blancos) y por la presencia de la solapa o chaquetilla, colocada sobre el ruedo del hipil, y repitiendo sus bordados. Todo este conjunto, denominado “terno”, se acompañaría de delicadas labores de orfebrería en aretes y, particularmente, en las apreciadas cadenas de estilo “salomónico”, mientras que el cabello se porta recogido, pero ahora entreverado con cintas de colores. Los hombres con mayores posibilidades económicas lucirían sombreros no de palma común, sino de jipi-japa, paliacates de color rojo, pantalones de dril y las camisas denominadas “filipinas”, que, signo de particular elegancia, podían ser de seda o lino y hasta con botonaduras de oro.

Más allá de la lengua y el atavío, existen otros aspectos más o menos aparentes, tangibles o no, que permiten a los mayas sentirse tales, a la vez que ayudan a identificarlos a quienes no lo son. Se trata, como los anteriores, de elementos variados y en continuo cambio: desde la forma de construir las viviendas, la factura de artesanías y el modo de preparar los alimentos, hasta el mantenimiento de una rica tradición oral, una peculiar cosmovisión y religiosidad, o la realización de rituales tanto familiares como colectivos.

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Destaca asimismo el gran arraigo de la medicina denominada “tradicional”. Conocer las propiedades terapéuticas que se atribuyen a ciertas plantas, animales y elementos minerales, solos o en combinación, acompañados de rituales o no, de origen mesoamericano o de importación europea temprana, es un bastión importante del saber acumulado por los mayas prehispánicos y coloniales, saber que está en continuo acrecentamiento.

Texto tomado de la Monografía “Mayas” (Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI)/ Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo, 2006) de Mario Humberto Ruz, de la colección “Pueblos Indígenas del México contemporáneo”. Reproducido con la autorización del CDI: www.gob.mx/cdi

 

 Por Mario Humberto Ruz/ Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas *

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