Seri: El pueblo del desierto

“En el principio solo existían el mar y el cielo, tan azules que parecían uno solo. No había nada más. Los dioses se reunieron para sacar arena del fondo del mar y hacer la tierra. Pero era tan profundo que ninguno consiguió llegar. La gran tortuga se ofreció para intentarlo. Se sumergió, pasaron días, semanas. Súbitamente apareció con un puño de arena entre sus vigorosas aletas. Entonces los dioses crearon la tierra”.

Michael Peterson, Junio 2015

Este mito aún se cuenta en las rústicas comunidades seris de Punta Chueca y Desemboque, ambas en las costas de Sonora – a orillas del Mar de Cortés – e Isla Tiburón, considerada origen de este pueblo indígena y por tanto sagrada.

Los seris se llaman a sí mismos Konkaak voz que puede interpretarse como “la gente”. Antes de la llegada de los españoles en el siglo XVI, el territorio que habitó esta raza indomable se extendía al norte hasta el Gran Desierto de Altar, al sur limitaba con el extenso Río Yaqui, al este con Horcasitas y al oeste ocuparon las islas Tiburón y San Esteban. Debido a sus hábitos nómadas resultó complicado someterlos y evangelizarlos – con respecto a esto último, los jesuitas llevaron a cabo numerosos intentos fallidos –. Al igual que los lacandones en Chiapas, los seris conservaron su autonomía y cultura, enorgulleciéndose de que nunca fueron conquistados.

El temperamento indómito e independiente de los seris, obligó a los clanes refugiarse en Isla Tiburón, la más grande de México con una extensión de 1208 km² y reserva ecológica desde 1963. Permanecieron en la isla durante el siglo XIX y hasta los primeros años del siglo XX. Tiempo después, entre 1970 y 1975, se reconocería la región que actualmente ocupan.

Rostros pintados con el color del cielo

A bordo de un cuatrimotor, desafiando las montañas y dunas del desierto, llego hasta uno de los campamentos pesqueros de los seris, instalados en una franja de 100 kilómetros de litoral. Todavía acostumbran construir sencillos paravientos con estructuras de ocotillo y cubiertos con ramas, o aprovechando las grandes pitahayas. Ninguna sombra se desdeña en este ambiente hostil donde las temperaturas pueden alcanzar los 45º C.

Retiro las gafas de mis ojos. Una de las pangas se acerca a la playa. Al desembarcar con la captura del día, observo que algunos de los miembros de la comunidad reclaman el kanoaa ana koit, o derecho a pedir pescado. Esta costumbre, junto con la ayuda recíproca y la distribución de bienes y alimentos como el kimusi – buscar comida –, han permitido sobrevivir a los seris y fortalecer sus lazos familiares y sociales.

Con un paliacate seco el sudor de mis manos y bebo un poco de agua. Corro con suerte y tengo oportunidad de presenciar uno de los ritos más usuales entre las mujeres seris: el inicio de la pubertad. Esta celebración animada con danzas, música, comida y juegos tradicionales se prolonga por cuatro días, periodo en que la jovencita es aislada y observa una estricta abstinencia. Afuera de la modesta cabaña, una anciana teje una corita, un canasto elaborado con un arbusto llamado torote, cuya meticulosa confección exige semanas de trabajo.

Además de las coritas, las mujeres diseñan bisutería elaborada con crótalos de cascabel, capullos de mariposa, caracoles marinos y semillas, y los hombres tallan hermosas esculturas en Coomitin, o palo fierro. Anteriormente la resistente y oscura madera del palo fierro era utilizada para fabricar puntas de arpón y zumbadores ceremoniales, el uso artesanal fue introducido en los años sesenta.

La última noche del ritual de la pubertad, ella deberá permanecer en vela. Al día siguiente, muy temprano en la mañana, su rostro será adornado con los colores del cielo y llevada a la ribera. Se mojará el bies de su vestido turquesa y sus menudos pies sentirán la cálida caricia del oleaje. Las mujeres mayores lavarán amorosas su largo cabello con agua marina. En ese momento podrá ser solicitada en matrimonio.

Acontecimientos como el nacimiento y la muerte, el chamanismo y el uso de plantas medicinales, los cantos relacionados con el tiburón y el venado, la veneración a la caguama prieta y la tortuga laúd o de siete filos y las ceremonias de la Primera luna del verano, revelan los estrechos vínculos sagrados que los seris mantienen con la naturaleza.

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