Álamos, la ciudad de los portales

Camino por las estrechas calles empedradas de Álamos, Pueblo Mágico rodeado por montañas en el sureste de Sonora. Respiro es tranquilo aire provinciano. En el siglo XVII, Álamos fue un importante centro minero y una de las metrópolis más ricas en el noroeste de México. Cuentan que los yacimientos descubiertos maravillaron a personajes como el misionero Eusebio Kino. Incluso se afirma que en cierta ocasión el visitador del Virrey, después de conocer la mina Las Cabras dijo “observé tanta cantidad de barras de plata apiladas que hacían ver pequeñas las arcas del Rey de España”.

Diego Alberto, Marzo 2015

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Esta bonanza, producto de la explotación de sitios como Promontorios y La Aduana, atrajo notables arquitectos, quienes diseñaron majestuosas casonas, haciendas y bellas iglesias como la Parroquia de la Purísima Concepción, templo de estilo barroco. En aquella época, las mujeres paseaban vestidas con terciopelo de oro y el Camino Real comunicaba Álamos con las ciudades de Culiacán y El Fuerte en Sinaloa.

Tras la Guerra de Independencia y los conflictos armados del siglo XIX, Álamos vivió una etapa de esplendor con el Porfiriato, debido a nuevas técnicas en extracción que ayudaron en el repunte de la minería. La prosperidad de principios del siglo XX permitió la remodelación de la Plaza de Armas, donde se encuentra el impresionante Palacio de Gobierno, y la Alameda adoquinada, espacio que se distingue por sus grandes árboles. Esta optimista atmósfera vio nacer a María de los Ángeles Félix Güereña, mejor conocida como María Félix, La Doña.

Imagino a la pequeña María salir de su casa en la calle de Galeana – mansión ahora ocupada por un hotel y el museo dedicado a La Diva – y dirigirse a los jardines en la Plaza de Armas. Seguro se divertía zigzagueando entre los arcos de los edificios coloniales y corriendo en el centenario quiosco morisco. Luego recargaba sus brazos en los barandales y contemplaba las esbeltas y altas palmeras.

La caída del precio de la plata y la turbulencia revolucionaria obligaron a muchos abandonar Álamos. La ciudad se convirtió en un pueblo fantasma. Inclino mi sombrero y pienso en calles solitarias, cirios apagados en la Capilla de Zapopan, ermita del siglo XIX en el centro de la ciudad, y besos suspendidos en el callejón del mismo nombre, rinconcito mágico cercano a la Plaza de Armas.

A mediados del siglo XX renace el interés por Álamos. En los años cincuenta, William Levant Alcorn, empresario estadounidense, adquiere varias propiedades y funda el hotel Los Portales. William Levant promocionó el poblado sonorense y un buen número de migrantes provenientes de los Estados Unidos se instalaron en la ciudad y restauraron las antiguas casonas.

Después de refrescarme en uno de los restaurantes de los portales en la Plaza de Armas, sigo un camino que rodea los pintorescos barrios de Tacubaya y Crucecitas. Siempre es recomendable usar calzado cómodo en estos viajes. El rústico sendero me lleva hasta el Mirador en el Cerro del Perico donde se aprecia una magnífica panorámica de la ciudad. Alcanzo a distinguir la Parroquia de la Purísima Concepción, la Capilla de Zapopan, la Alameda y la Casa de Moneda.

Además de ser un sorprendente destino colonial y cultural, Álamos ofrece a los amantes de la naturaleza, la Reserva Cuchujaqui, santuario con más de 300 especies de aves migratorias, así como atractivas opciones en turismo cinegético y pesca deportiva en las presas El Mocúzarit, Tetajiosa y El Venadito.

 

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