Wirikuta, espacio sagrado de los Huicholes

La peregrinación de los Huicholes, o pueblo Wixarika – grupo indígena que habita en el norte de Jalisco, Nayarit, Zacatecas y Durango – se ha realizado desde tiempos remotos. Este viaje de pasaje tiene como finalidad comunicarse con sus dioses en Wirikuta, tierra sagrada en la que nació el sol.

 Texto y Fotos de Salatiel Barragán

El enigmático y semiárido Altiplano potosino, ocupa más de 29 mil km² – casi el 50 % del territorio del estado de San Luis Potosí – extendiéndose principalmente hacia el norte y alrededores de Matehuala, ciudad fundada en el siglo XVI, punto de partida para visitar los pueblos mineros de Guadalcázar, Real de Catorce y Charcas. En esta región se encuentra Wirikuta, “el lugar en el que se sueña al mundo para que exista”, una zona con más de 140 mil hectáreas en el Cerro El Quemado, elevación con más de tres mil msnm, a unos 20 kilómetros en el suroeste de Real de Catorce.

Según los mitos Huicholes, en el Cerro El Quemado descansó el abuelo sol, conjuntos de rocas dispuestas circularmente perpetúan ese momento. Anualmente, cuando termina la época de lluvias, durante el mes de octubre inicia una peregrinación de más de 400 kilómetros hacia Wirikuta: cientos de indígenas – ataviados con sus trajes bordados y sombreros de palma, adornados con chaquira, coloridas borlas de estambre y plumas – abandonan sus hogares en la Sierra del Nayar en el oriente de Nayarit para cumplir con un rito que realizan al menos cinco veces en su vida, un viaje de pasaje hacia el conocimiento de los secretos y misterios de sus dioses y ancestros. Esta relevancia cultural fue reconocida en 1988 por la UNESCO, que incorporó Wirikuta a la Red Mundial de Lugares Sagrados Naturales.

La peregrinación hacia Wirikuta – tierra sagrada en la que nació el sol y en donde el dios del viento, guiado por el abuelo fuego, decidió construir el universo, “la gran casa” – y que culmina en el Cerro El Quemado, comienza después de que se reúnen las autoridades tradicionales con los kawiteros (ancianos), los mara’akame (“aquellos que saben” o chamanes) y los hikuritamete (jicareros o los que recolectan el hikuri o peyote, cactácea de unos 12 centímetros de diámetro y color verde azulado que se consume con fines exclusivamente ritualistas). A lo largo del viaje, los Huicholes se mantendrán en silencio, ayuno y abstinencia. Los niños que por primera vez acompañan a los adultos, llevan el rostro cubierto. Es importante señalar que la ruta original incluye San Blas, en Nayarit, Cerro Gordo, en Durango, Santa Catarina y Chapal, en Jalisco.

El tramo potosino de la peregrinación a Wirikuta permanece casi totalmente como terracería y suma alrededor de 60 kilómetros en un ambiente semiárido. El área se extiende por grandes planicies cubiertas por arbustos. En el camino se encuentran varios puntos frecuentados por los Huicholes, uno de estos es un pequeño cerro conocido como El Bernalejo, cuya cima se caracteriza por un conjunto de grandes rocas en las que se colocan altares con numerosas ofrendas. En estos santuarios, realizan rituales y transmiten su conocimiento cultural a las futuras generaciones, pues confieren especial significado a los sitios sagrados y al entorno natural.

Luego de atravesar sitios y manantiales sagrados, los Huicholes acampan y se preparan para subir El Quemado, ascenso que puede durar entre cuatro y cinco horas. Antes de entrar a este espacio cósmico se efectúa una ceremonia de purificación. En la parte más elevada del cerro, el mara’akame lleva a cabo rituales y entona cantos ceremoniales. Más tarde, escudriña el horizonte para encontrar al mítico “venado azul”, hermano mayor de los Huicholes y representante de los dioses. En caso de tener éxito en su búsqueda, arroja cuatro flechas que conducirán a los hikuritamete hacia el peyote, “Nuestro hermano mayor venadito del sol”. Tras encontrarlo, dejan ofrendas y rocían con agua a la cactácea, luego cortan solo la parte exterior y consumen los gajos.

 

A través del consumo del peyote en el desierto, el cactus enseña y revela, entre muchas imágenes, la naturaleza de las cosas, la historia y el futuro, manifestándose también como el dador de luz y la existencia entre los huicholes. La inserción de esta planta permite a cada uno de los miembros, que tienen acceso a él, tener un encuentro directo, emotivo, vivencial, entre lo que es la cosmogonía del mundo y la visión huichola a través de la ayuda de los efectos que produce. Inducidos por las visiones del peyote se ponen en contacto con el cosmos y la dualidad de la naturaleza”.

En este punto debemos señalar que este artículo solo tiene el interés de divulgar uno de los rituales más sagrados de los Huicholes. El gobierno mexicano otorga un permiso a los Huicholes para el consumo de la cactácea en rituales, de acuerdos a sus Usos y Costumbres, pues los convenios internacionales firmados comprometen a las autoridades correspondientes respetar las tradiciones y costumbres de los pueblos indígenas. Además, la Ley Estatal para el Desarrollo de las Comunidades y Pueblos indígenas reconoce al peyote como "planta sagrada".

 

 


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