La Constitución en su centenario

La Constitución, nuestra “Carta Magna”, está de fiesta: cumple 100 años. De las siete Constituciones que México ha tenido desde la época de la guerra de independencia, la promulgada en Querétaro es la que más tiempo ha estado en vigor y la que permitió la construcción del México del siglo XX y apunta hacia el XXI.  

La Constitución de 1917 marcó el fin de la revolución en un sentido: los principios que le dieron sustento ideológico fuero llevados a la ley suprema del país, cuando habían sido ignorados por años durante la dictadura porfirista. Si bien la violencia continuó hasta la década de 1930, la Constitución permitió sentar las bases para avanzar hacia una estabilidad política que finalmente llegó bajo el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas (1934-1940).

Para quienes consideran que la revolución fue sólo la lucha encarnizada por el poder, la promulgación de la Constitución demuestra lo contrario. Si algún éxito tuvo el movimiento armado fue que sus demandas se codificaron, se convirtieron en ley -lo cual es paso fundamental para la construcción de un Estado más justo. 

La Constitución no fue producto de un verdadero pacto social, pues en su discusión sólo se escucharon las voces de Carranza y sus amigos. Cierto, sus amigos tuvieron posiciones ideológicas encontradas que enriquecieron la Constitución, pero don Venustiano no  invitó a sus enemigos –porfiristas, huertistas, zapatistas o villistas entre los que había notables intelectuales- o a quienes no comulgaban del todo con sus ideas como varios maderistas de la primera generación.

A pesar de todo, Carranza logró recoger las banderas de las distintas facciones revolucionarias y ponerlas por escrito en la Constitución – sin duda, el primer jefe tenía una visión de Estado –. La nueva ley suprema era la suma de la Constitución de 1857, más todo el nuevo corpus de derechos socioeconómicos que estaban en boga en las primeras décadas del siglo XX.           

Por: Alejandro Rosas

El camino de la ley

Las primeras cinco constituciones –creadas entre 1814 y 1847- reflejaron la inestabilidad del país en las primeras décadas del siglo XIX; la de Apatzingán (1814) se promulgó en plena guerra de independencia; la de 1824 se discutió sobre los restos del imperio de Iturbide; la de 1836 llevó a los texanos a buscar su independencia de México; la de 1843 le permitió a Santa Anna hacer y deshacer; la de 1847 en plena guerra contra Estados Unidos.

El país sobrevivió a todo y llegó el momento de la sexta la constitución, la de 1857, de carácter liberal, que estableció el principio básico de igualdad ante la ley y buscó suprimir los fueros y privilegios del clero y del ejército. Como era de esperarse la iglesia, el ejército y los conservadores se opusieron, desconocieron la Constitución y estalló la guerra de Reforma y luego sobrevino la intervención francesa y el fallido imperio de Maximiliano.

Entre 1857 y 1867, la Constitución no pudo aplicarse con normalidad debido a la guerra, pero Juárez la convirtió en bandera política y en el símbolo de la resistencia de la República contra sus enemigos. Al régimen porfirista poco le importó la Constitución y Porfirio Díaz la aplicó, en el mejor de los casos, a su gusto y conveniencia y en el peor de los casos, la hizo de lado para gobernar, hasta convertirla en letra muerta.

La Constitución de 1917 fue resultado del movimiento armado iniciado en 1910. En septiembre de 1916, una vez que Villa había sido derrotado por las fuerzas de Carranza al mando de Obregón, convocó a un Congreso Constituyente que comenzó a sesionar en la ciudad de Querétaro el 1 de diciembre de 1916, en el teatro de la República –antes Iturbide-, mismo sitio donde 50 años antes fueron juzgados Maximiliano, Miramón y Mejía.

Los diputados constituyentes eran de lo más variopinto; apenas rebasaban los 30 años de edad en promedio; la mayoría había participado en la revolución y habían terminado engrosando las filas del constitucionalismo carrancista. Entre ellos había periodistas, abogados, comerciantes, médicos, maestros; los militares que participaron no siguieron la carrera de las armas, se habían hecho en los campos de batalla de la revolución.

Aunque todos pertenecían al grupo vencedor, en la discusión de las ideas y los principios, los diputados constituyentes se dividieron en tres grupos: moderados, progresistas e independientes. Los moderados eran los más cercanos a Carranza quien pretendía hacer solo algunas reformas a la Constitución de 1857; progresistas e independientes lograron imponerse y llevaron las demandas de la revolución hasta sus últimas consecuencias: el resultado fue una nueva Constitución.

Cuatro artículos reflejan el corpus ideológico de la revolución: el 3º sobre la educación obligatoria y gratuita; el 27 sobre la propiedad originaria de la nación sobre el suelo y el subsuelo; el 123 sobre el trabajo y el 130 sobre la relación Estado-iglesia. En estos cuatro artículos y sus reformas posteriores se refleja la construcción del México actual.

 Artículo 3º. En todo momento ha garantizado la obligatoriedad y la gratuidad de la educación. Algunas de sus reformas no fueron muy afortunadas como la de fines de 1933, por la cual se estableció que la educación que impartiría el Estado sería socialista. Con esta reforma ardió Troya pues la sociedad asociaba socialismo con ateísmo por lo que, los maestros rurales, padecieron persecuciones y agresiones sobre todo en los pueblos. A finales de la década de 1930, el artículo fue nuevamente reformado para regresar a su redacción original: “educación laica”.

Artículo 27. En su momento la reivindicación de que la Nación era la propietaria originaria del suelo y del subsuelo recibió una ovación de pie con bombos y platillos –era la posibilidad de poner en orden a las compañías petroleras extranjeras que habían recibido concesiones casi a perpetuidad–. Sin embargo, transcurrieron 21 años para que un gobierno pudiera hacer efectiva dicha reivindicación y fue posible gracias a la situación internacional: en 1938, Lázaro Cárdenas expropió la industria petrolera.

El artículo 27 también impulsó el gran reparto agrario de la década de 1930 y la creación del ejido. En 1992 fue reformado para cambiar el régimen de propiedad y una nueva reforma en el sexenio de Peña Nieto permitió lo que parecía impensable, abrir al capital privado la explotación del petróleo.

El Artículo 123 recogió las demandas del naciente movimiento obrero de finales del siglo XIX y principios del XX: jornada laboral de 8 horas; seguridad social, prohibición del trabajo infantil, salario igual por trabajo igual. En 1936, el gobierno favoreció la creación de la Confederación de Trabajadores de México que sometió a todo el movimiento obrero, acabó con cualquier intentó de disidencia y propició la creación de un sindicalismo en connivencia con el gobierno.

El Artículo 130 estableció una nueva era en la relación entre el Estado mexicano y las iglesias. En 1925 el gobierno de Plutarco Elías Calles reglamentó dicho artículo pero la intromisión del Estado en la organización interna, sobre todo de la iglesia católica, llevó a un conflicto armado conocido como la guerra cristera que duró de 1926 a 1929. El artículo no volvió a ser tocado sino hasta 1992 para restablecer las relaciones diplomáticas entre el gobierno mexicano y el Vaticano.

Cien años

Cuando se dice que la Constitución ha tenido casi 700 reformas, una parte de la sociedad parece rasgarse las vestiduras. Sin duda no son pocas, sin embargo, es un hecho que toda ley necesita modificarse para adaptarse a la realidad cambiante. Si se comparara la Constitución como se encuentra en la actualidad con el texto original promulgado en 1917 casi todos los artículos estarían irreconocibles.

 Pero el país también está irreconocible. Cuando se juró la Constitución, la población del país era alrededor de 14 millones de habitantes. Hoy somos casi 120 millones. Por entonces México vivía el universo rural del cual salió hasta mediados de la década de 1940; hoy en día, México es parte de un mundo globalizado.

 El México del siglo XXI no necesita una nueva Constitución, sino la construcción de un Estado de derecho cuya consolidación es responsabilidad compartida entre gobernantes y gobernados. El único camino que tiene el país para salir de la situación donde se encuentra es a través de la ley y de su observancia plena. La Constitución cumple 100 años, bien ganados, pero el mejor regalo en su centenario es el compromiso de llevarla a la práctica. 

Por: Alejandro Rosas

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