Hospicio Cabañas, el hombre en llamas

Antes de la Guerra de Independencia de 1810, existía en México una marcada desigualdad. Por un lado, una creciente riqueza concentrada en pocas manos; por el otro, una miseria generalizada en los estratos más bajos de población. Esto provocó la construcción de numerosas obras pías para atender a los menesterosos que abundaban en las calles.

VMM, 1 Enero 2014

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Juan Cruz Ruiz de Cabañas, obispo de Guadalajara, inició la tarea de edificar un asilo que no sólo albergara abandonados, sino también ancianos, vagabundos, huérfanos, lisiados y enfermos. En 1805 se encargó la obra a Manuel Tolsá, arquitecto y escultor de origen español, quien realizó el diseño de la cúpula principal y supervisó la totalidad de la obra. En plena Independencia, el asilo aún inconcluso abrió sus puertas con el nombre de la Casa de Misericordia. Insurgentes y realistas ocuparon el recinto, usándolo como cuartel, bodega y caballeriza.

Tras el fin de la Guerra de Independencia, se hicieron varios esfuerzos para concluir el proyecto original y retomar la función caritativa con que nació. Es hasta 1845 que se termina de construir el asilo y se le nombra Hospicio Cabañas, en honor de su fundador. Se trataba de un elegante y luminoso edificio neoclásico, con cúpulas, habitaciones, capilla y 23 espléndidos patios. Una de las muestras arquitectónicas más bellas del país.

Durante el siglo XIX, el Hospicio Cabañas mantuvo su vocación protectora, a pesar de los conflictos constantes entre centralistas y federalistas, conservadores y liberales. El Hospicio siempre sobrevivió con los recursos necesarios para continuar con su labor altruista. Incluso durante el Porfiriato y el estallido de la Revolución de 1910, el Hospicio siguió recibiendo a los desamparados y cuidando a sus internos.

En 1937, José Clemente Orozco, uno de los grandes muralistas mexicanos, fue invitado a pintar el interior del Hospicio. A diferencia de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, Orozco retrata la condición humana sin intenciones políticas, con una gran preocupación por los valores universales y el destino del hombre en un mundo desgarrado. Orozco dejó en este recinto 53 murales, donde describe el mundo prehispánico y la conquista española. Entre los murales destaca El hombre en llamas, obra magistral en la cúpula del Hospicio: un hombre envuelto en llamas se eleva hacia un cielo encendido, acompañado de otras figuras humanas. Algunos especialistas consideran que se trata de una representación de los cuatro elementos; otros observan una simbología distinta, reconociendo en El hombre en llamas al hombre teológico, al hombre metafísico, al hombre científico y al hombre de fuego, como un moderno Prometo que renace. Sin duda, el mural más importante en la obra de Orozco.

La misión caritativa del Hospicio Cabañas, como refugio para niños indefensos, se mantuvo hasta 1980. Ahora alberga al Instituto de Cultura del Estado de Jalisco y en 1997 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

 

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