El Templo de Santo Domingo, crónica en Piedra

Marlene Diveinz, 1 Enero 2014

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El fraile Lucero se sabe que era un hombre “sin calzado, que marchaba entre las ciénagas o sobre los riscos; vestía el hábito hecho girones por el uso; su lecho era la superficie de la tierra y su almohada el primer madero o piedra que alcanzaba la mano”. Quizá su temple y sencillez podía conquistar el corazón de los zapotecas, que se “preciaban de valientes, se hacían hijos de leones y fieras salvajes; si grandes señores antiguos, producidos de árboles descollados y sombríos” tal y como refiere fray Francisco de Burgoa en su crónica.

No acababa de poner un pie cuando Gonzalo Lucero ya había ordenado la construcción del Templo de Santo Domingo de Guzmán. Convocó a canteros para labrar la piedra, tlacuilos o escribas, y orfebres. Conocía de la abundancia de materiales de piedra y minerales preciosos del lugar, y sabía que los zapotecos eran reconocidos en toda Mesoamérica por sus artes manuales como el decorado de joyas con nácar, turquesa, lapislázuli, coral y amatista, y otras piedras preciosas. Sabía también que labraban la cantera con delicadeza e imaginación, y tributaban enormes cantidades de grana cochinilla para extraer el tinte exclusivo de los vestidos de altos dignatarios aztecas.

Fray Esteban Arroyo escribió, “esta ciudad abunda de materiales, hay, a un tiro de piedra, una cantera de donde se saca piedra franca, que es una piedra blanda, blanca y fácil de labrar, en la cual se pueden sacar todas las molduras y figuras. Sirve esta piedra para hacer pilares portadas y de adornar las esquinas de los edificios y las casas. Por otra parte, casi dentro de la ciudad, hay otra cantera de donde se saca una piedra roja, que es una piedra durísima, dificultosa de sacar. No se puede labrar por la gran dureza que tiene pero es muy útil para hacer cimientos de edificios seguros y fuertes. También había gran provisión de madera en vigas, tablones morillos de pino y sabina de las sierras. Otros materiales como ladrillo, cal y teja, también los hay”.

Oro y cantera

Algunos especialistas consideran el Barroco de Indias como la primera corriente artística derivada del mestizaje, y a esta pertenece el Templo de Santo Domingo. Manuel Toussaint, investigador del arte mexicano, comenta en sus escritos que “españoles, criollos, indios y mestizos dejaron el sello de trescientos años de fecunda historia en las piedras y en las maderas doradas de los edificios religiosos de México”.

Desde la entrada, el Templo de Santo Domingo es un edificio imponente que transmite a devotos y visitantes la imperiosa necesidad de alcanzar las glorias celestiales. El frente principal tiene 25 metros de altura y está integrado por tres piezas que corresponden a la entrada, y dos torres. En la fachada se observa a Santo Domingo y San Hipólito labrados en deslumbrante cantera blanca.

Hay 60 metros de distancia entre la entrada al templo y el retablo principal, con cinco capillas a cada lado de la base en forma de cruz latina. El techo es una bóveda de cañón ornamentada con relieves, en donde se encuentran 24 pinturas de personajes de la Iglesia Católica. El decorado interior predominante es el fondo blanco sobre yesería resaltada con formas vegetales y cubierta con lámina de oro, unido por una red de entrelazos por donde asoman santos, ángeles y querubines. Los muros son de mampostería, recubiertos con sillares de cantera verde. Deslumbra la variedad de técnicas ornamentales: madera estofada, escultura en piedra y cantera, óleos, estuco, talla y labrado en piedra y madera, herrería, y otras muchas.

En las pinturas de vírgenes, santos, y representaciones de pasajes bíblicos se aprecia la técnica del claroscuro contraste que exalta su fin religioso. Por todo el conjunto arquitectónico se encuentran una gran variedad de bóvedas de distintas formas: arcos cruzados por el centro, semicilíndricas, esféricas, elípticas, y crucería de piedra. Un recorrido por el espacio descubre elaborados trabajos de carpintería y herrería. Destaca el excepcional árbol genealógico de Santo Domingo de Guzmán, que fue hecho en estuco cubierto con lámina de oro sobre la superficie de la bóveda que corona al coro.

El Templo de Santo Domingo reserva una historia azarosa y singular. Aun después de 441 años sigue cautivando a todo aquél visitante que recorre las celdas y patios interiores de esta magnífica construcción que fue templo, convento, cuartel de las tropas insurgentes, y cárcel antes de ser declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987, junto con el maravilloso centro histórico de la ciudad de Oaxaca.

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