Los lacandones, los hombres verdaderos

Salimos temprano de Palenque - en el noreste del estado de Chiapas -, Pueblo Mágico desde 2015 y uno de los destinos turísticos más importantes de México por su zona arqueológica.

Tomamos la Carretera Fronteriza rumbo al sureste. Nuestro destino, las comunidades lacandonas en Metzabok, Nahá y Lacanjá Chansayab. Los lacandones ocupan un extenso territorio de más de 660 mil hectáreas. Algunos especialistas consideran que el término “lacandón” era usado para nombrar a los indígenas rebeldes de la selva durante la época colonial, otros que servía para designar a un grupo específico que habitaba el río Lacantún. Sin embargo, también existen investigaciones que proponen el origen de este indómito pueblo en migraciones provenientes de la Península de Yucatán y del Petén.

Metzabok - a unas dos horas de Palenque -, se encuentra dentro de una reserva natural con más de tres mil 300 hectáreas, incluyendo un sistema lagunar con más de 20 cuerpos acuíferos. Los más importantes son Laguna Metzabok (Dios del Trueno) y Laguna Tzibana (Casa de las Pinturas). ¡Es un lugar ideal para el senderismo y la exploración! Aquí convivimos con los primeros lacandones de nuestro recorrido. Los hombres presumen su largo cabello y visten el tradicional “sak nok” (especie de cotón que antes se elaboraba con corteza de amate y se sujetaba con fibras de majagua, después emplearon el algodón y actualmente confeccionan esta vestimenta con manta), las ancianas utilizan una prenda parecida al “sak nok” con coloridos adornos y una falda llamada “pic”, y las mujeres más jóvenes usan vestidos floreados. El paisaje resulta exuberante, pero el calor y la humedad cobran factura. Recomendamos llevar agua, usar ropa ligera, calzado cómodo, gorra, gafas y repelente contra insectos. Una observación importante para nuestros lectores: de Metzabok hasta Bonampak no hay señal para los smartphones.

En los cenagosos arenales, abordamos un rústico cayuco para atravesar la laguna turquesa de Metzabok. En otros tiempos, los lacandones construían piraguas con madera de caoba o ceiba; cuando terminaban la canoa, ofrendaban pescados y la presentaban para su protección a los lagartos y a las tortugas. De los antiguos ritos solo se conservan la ceremonia del balché - bebida fermentada, extraída de la corteza de un árbol, endulzada con miel - y el ritual de la siembra del maíz, aunque ambos ya casi no se practican.

Dicen que en Metzabok, Hacha’kyum, el dios de los dioses, y su hermano Akyanthó crearon el sol. En las paredes de las montañas observamos pinturas rupestres en rojo cinabrio realizadas por los primeros hombres, quizá por los mismos que fueron moldeados en barro y alimentados con la savia del cedro, según el mito lacandón. Más adelante desembarcamos y entramos a una cueva en la que pequeños murciélagos custodian los cráneos de los antiguos y ofrendas de carácter sagrado. Palenque y Yaxchilán también son sitios venerados por los lacandones pues en ambos residió en su momento Hacha’kyum.

A unos 45 minutos de Metzabok, rodeada por más de ocho mil 600 kilómetros cuadrados de selva, se ubica Nahá, Casa del Agua. Entre otras actividades que se pueden realizar, sugerimos pernoctar en el campamento - los sonidos nocturnos son alucinantes-, recorrer la tranquila laguna de Nahá y atravesar un sendero para llegar a la Laguna Amarilla. En este poblado conocemos a don Antonio Martínez Chan Kin, último líder espiritual de los lacandones, y a Kayum Ma’ax, hijo de Chan Kin el viejo. Ambos todavía recuerdan cómo era “más antes, en otro tiempo”.

 

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Por Esteban Raymundo González

“Todo era selva, no había carreteras. Todo era montaña. Abundaban los jaguares, las guacamayas, los tapires y los monos - narra con nostalgia, Kayum Ma’ax -. Los abuelos hablaban con los dioses. Se cultivaba tabaco criollo y se forjaban cigarros que se fumaban en las casas ceremonia (lugar en el que se recibían a los visitantes), en el templo y para espantar a los insectos. También se fumaba cuando pedías a una mujer y ellas parían junto a las ceibas o en los papayos. Ahora ya nada de eso se hace”.

Hacha’kyum es dueño de todo, del sol, de la montaña. Los árboles como la caoba y la ceiba tienen corazón y nosotros somos los “hach winik”, los hombres verdaderos - asegura con orgullo don Antonio -. Yo no curo con hierbas. Alivio a las personas con los secretos (oraciones), prendiendo copal para los dioses y sus guardianes en el altar, ofrendando balché y con las hojas de xate. Aprender los secretos es muy duro. No hay a quién enseñarle”. Entonces reflexiono con pesar que el día en que muera don Antonio, toda su sabiduría se perderá con él. Abandonamos con cierta tristeza el templo de Nahá.

Aproximadamente a unas dos horas de Nahá, encontramos Lancanjá Chansayab - Serpiente de agua/ Pequeño manantial - en los límites de la Reserva de la Biosfera de Montes Azules y a unos 30 minutos de la zona arqueológica de Bonampak. En este lugar conocemos a Enrique Chan Kin y su esposa. Él aún forja cigarros y construye arcos y flechas - antes se fabricaban con madera de guayacán -, ella teje bolsas y “ratoneras” con majagua. Además de estas artesanías, los lacandones usan semillas de colorín, platanillo y jaboncillo para elaborar collares y pulseras.

“Los muertos se enterraban en sus hamacas, en una fosa cercana a la casa. No teníamos cementerios. - explica Enrique Chan Kin -. Se ofrecía comida durante tres días seguidos y la última era para el difunto. Ya no somos muchos, quedaremos unos 1200 lacandones”.

Extiendo el mosquitero sobre la cama. En la mañana descenderemos el río Lacanjá. Después de convivir con los lacandones, entiendo la fascinación que ejercieron en Frans Blom y en su esposa Gertrude Duby - fundadores de la casa Na Bolom en San Cristóbal de las Casas -, promotores de la conservación de la selva lacandona y de la cultura de este pueblo indígena. Afuera, las luciérnagas vuelan sin rumbo y las chicharras ensordecen con su canto. Muy lejos se escucha el ulular de los monos aulladores. Los lacandones son admirables, han sobrevivido en un ambiente hostil, comparten su conocimiento herbolario, respetan y protegen a la selva. En realidad son los hombres verdaderos.

 

   

Por Esteban Raymundo González

 

 

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