El rebozo mexicano: Hilos entretejidos con suspiros

Antes de entrar a misa, las mujeres cubren la cabeza con el rebozo. En la plaza una chica cortejada muerde con coquetería los rapacejos, bajo la sombra de los sicomoros. En mercados o tianguis, las mujeres cargan en esta prenda mestiza frutos cultivados en nuestras fértiles tierras. Otras llevan a sus niños en la espalda o los acunan en este manto como un cielo jaspeado, mientras cocinan junto al fogón, recogen leña o lavan en la rivera del río.

Por Guadalupe Bucio Gaona

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Se protegen del calor o del frío con el rebozo. En los años de la Revolución, las Adelitas, mujeres guerrilleras, acostumbraban llevar el rebozo y las cananas con cartuchos, cruzadas sobre el pecho. Pero también se ha transformado en símbolo de elegancia y seducción cuando una mujer oculta sus hombros desnudos bajo un rebozo de seda, esperando un beso inasible.

Existen diferentes explicaciones sobre los orígenes del rebozo. Algunos afirman que proviene del Oriente, pues los ascetas o derviches en la Persia antigua, acostumbraban cubrirse con una especie de manto que terminó convirtiéndose en el elegante chal. Este capote se popularizo más tarde en España y cuando llegaron los conquistadores a México en 1519, la prenda ya formaba parte del atuendo de las damas ibéricas que usaban una mantilla para cubrirse la cabeza. Otros especialistas consideran que los primeros antecedentes del rebozo se remontan a la época prehispánica, en la tilma o ayate, gabán de ixtle, elaborado en telares de cintura, empleado indistintamente por hombres y mujeres para abrigarse. La tilma además servía para transportar mercancías, al igual que el mamatl, un lienzo de forma rectangular. Para otros, la fusión de estas prendas son las raíces del rebozo, tan mestizo como los mexicanos.

Mátame con un suspiro debajo de tu rebozo

Concluida la Conquista de México, los españoles impusieron prohibiciones en el siglo XVI para someter a los pueblos nativos y asimilarlos.

Las costumbres y vestimentas indígenas no fueron la excepción y se persiguió el uso de la tilma. Por ello, las mujeres rediseñaron esta prenda volviéndola más larga y angosta, además de embellecerla con tintes y diseños geométricos como se revela en los tradicionales rebozos de Sultepec y Saltillo, o en los tejidos por oaxaqueñas y poblanas. Así el rebozo se convirtió en una insólita expresión de resistencia e identidad.

En el siglo XVIII el rebozo era un elemento de uso común entre las mujeres de la Colonia. Se utilizaba como cuna, para cubrirse o arroparse, e incluso en algunos casos como mortaja. Don Juan Francisco de Güemes, Conde de Revillagigedo, virrey de la Nueva España entre 1746 y 1755, comenta sobre esta versátil prenda: “Lo llevan sin exceptuar ni aún las monjas, las señoras más principales y ricas, y hasta las más infelices y pobres del bajo pueblo. Usan de ella como mantilla, como manteleta, en el estrado, en el paseo, y aún en la casa; se la tercian, se la ponen en la cabeza, se embozan con ella y la atan y anudan alrededor del cuerpo”.

El rebozo en esta época se confeccionaba según la posición social de su propietaria; las mujeres de estratos sociales bajos lucían un manto de algodón o lana rayado con dibujos o patrones entramados y bordados, con un rapacejo corto que llevaba unos remates anudados; mientras que las de clase alta mandaban hacer el rebozo con seda, listas de oro y plata, bordados con hilos de otros metales y colores, pero estas exquisiteces no satisfacían el gusto de las damas, que influenciadas por el barroquismo de la época, enriquecieron estas piezas con calados de paisajes y evocaciones de escenas costumbristas.

Rebozo, rebozo de Santa María, mestizas que bailan llenas de alborozo

Hacia fines del siglo XIX, el rebozo se había establecido como elemento cultural indispensable y tradicional, como los rebozos de caramelo o seda de Santa María del Río, San Luis Potosí, una prenda tan fina que puede pasar a través de una argolla. Una artesana rebocera puede tardar varias semanas antes de terminar un rebozo, tejiendo con paciencia cada uno de los hilos, con largos rapacejos anudados a mano. Los rebozos de Santa María del Río llegan a alcanzar unos tres metros de extremo a extremo. De acuerdo con el diseño y combinación de colores, un rebozo puede identificarse como salomónico, serrano, coapastle, farol, columbino, dorado, tornasol, calandrio, rojo quemado o amarillo oro.

Además de los rebozos de Santa María del Río, también se distinguen las piezas elaboradas en Tenancingo y Tejupilco, en el Estado de México, La Piedad, Zamora y Tangancícuaro, en Michoacán, Moroleón, en Guanajuato, y Chilapa, en Guerrero. La Virgen de las Angustias, patrona de las reboceras, cuida las milagrosas manos de estas artesanas en cualquier lugar donde se teja la urdimbre y se tiñan los hilos.

Como tradición y símbolo, el rebozo está presente en la indumentaria típica de la mayoría de las mujeres mexicanas, usándolo con orgullo en su cotidianidad, fiestas y celebraciones. Se han identificado hasta ahora más de un centenar de formas de usar el rebozo.

Antes de entrar a misa, las mujeres cubren la cabeza con esta prenda. En la plaza una chica cortejada muerde con coquetería los rapacejos, bajo la sombra de los sicomoros. En mercados o tianguis, las mujeres cargan en esta prenda mestiza frutos y legumbres cultivados en nuestras fértiles tierras. Otras llevan a sus niños en la espalda o los acunan en este manto como un cielo jaspeado, mientras cocinan junto al fogón, recogen leña o lavan en la rivera del río. Se protegen del calor o del frío con el rebozo. Las parteras aún usan este lienzo para acomodar al bebé dentro del vientre materno. En los años de la Revolución, las Adelitas, mujeres guerrilleras, acostumbraban llevar el rebozo y cananas con cartuchos, cruzadas sobre el pecho. Pero también se ha transformado en símbolo de elegancia y seducción cuando una mujer oculta sus hombros desnudos bajo un rebozo de seda, esperando un beso inasible. El mágico colorido del rebozo identifica a la mujer mexicana en el mundo.

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