Amate de Pahuatlán el papel de los dioses.

En el México prehispánico, Pahuatlán formó parte de del Señorío del Totonacapan. Cuando los totonacos se retiraron de la sierra, nahuas y otomíes se disputaron el territorio hasta la llegada de los frailes dominicos en el siglo XVI. 

 Pahuatlán – voz en náhuatl que puede interpretarse como “Entre los frutales” – fue nombrado Pueblo Mágico en el 2012, debido a sus raíces ancestrales y misticismo que se respira en el aire.

Uno puede disfrutar de un agradable paseo por el pueblo, escuchar las notas del huapango que nos invitan a bailar, admirar el espectáculo de la Danza de los Voladores, o visitar el tianguis dominical. También se realizan actividades como senderismo, bicicleta de montaña, cabalgatas, excursionismo, exploración de ruinas arqueológicas, sumergirse en pozas y ríos, atravesar puentes colgantes y contemplar el paisaje desde alguno de sus miradores cercanos.

El Papel Amate de Pahuatlán

El papel amate se utilizó en la época prehispánica para la producción de cuerdas, ofrendas y ajorcas o aros para el juego de pelota; sirvió en la confección de vestimentas, elaboración de códices y papel ritual, común en el México precolombino. El papel ritual confería un poder sagrado, otorgado con la intermediación de un chamán  o curandero: los cortes realizados y colores empleados eran de acuerdo con la deidad representada.

A unos 20 minutos de Pahuatlán, en el poblado de San Pablito, la comunidad otomí ha mantenido hasta nuestros días esta tradición, incluyendo el uso del papel en rituales y amuletos mágicos. Es importante señalar que el papel amate comenzó a comercializarse en los años sesenta y revalorado  durante la década siguiente por especialistas y coleccionistas de arte popular.

San Pablito cuenta con la Denominación de Origen del papel amate, acervo de la memoria que conservan alrededor de 400 artesanos y constituye el principal legado cultural de esta población. El amate no solo representa una importante fuente de ingresos – algunas piezas pueden costar hasta 25 mil pesos – sino también se ha posicionado como una de las artesanías más representativas de nuestro país.

La fabricación del papel en los rústicos talleres de San Pablito es una experiencia única. La técnica es la misma que utilizaron los artesanos prehispánicos, aunque se ha diversificado con el uso de nuevos materiales, diseños y estilos. 

Todo comienza muy temprano, cuando los jonoteros – personas que se dedican a la extracción de la corteza – salen en busca de la materia prima para la elaboración del papel: unas delgadas fibras que obtienen de la corteza del jonote rojo, especie endémica de México y Centroamérica. Este árbol de abundante follaje y pequeñas flores blancas, alcanza una altura de 14 metros y sus ramas y tronco son de un color café-rojizo.

Los jonoteros prefieren los árboles que tienen entre 5 y 8 años de edad, pues los más jóvenes no ofrecen una buena calidad en el proceso de fabricación del papel amate y los más viejos son “trabajosos” para extraer la corteza. Además del jonote rojo también se explota la corteza de ojite, tortocal, palo brujo, chichicaxtle y hortiga.

Con machete se realiza un corte en la base del árbol, esto permite arrancar extensas tiras de corteza, tirando de abajo hacia arriba. Luego se separan las fibras oscuras y duras, de otras que son más dúctiles y tienen un tono anaranjado. Por último  se enrollan en fardos o “tercios” con un peso de hasta 35 kilos para facilitar el traslado y se dejan secar unos cinco días en los patios.  

Los artesanos de San Pablito exigen las cortezas más frescas para su trabajo. En los talleres, entre naranjos y cafetos, las mujeres otomíes cuecen las fibras con cal y ceniza en un recipiente grande con agua que se calienta con leña. El tiempo de cocción dura unas cinco horas y se le deja al fuego de uno a dos días hasta conseguir listones maleables.  

Después de ablandarlas, las fibras se blanquean, escurren y deshebran en distintos grosores para comenzar la fabricación del papel.

El primer paso es distribuir las fibras sobre una tabla de madera – proporcional al tamaño de papel que se piensa elaborar, ya sea en un formato de 40x60 cm o 122x245 cm – y se aplastan con el mondó, herramienta de piedra volcánica. Las aplanan hasta obtener una hoja uniforme con ángulos y bordes casi perfectos. Sin retirarlo del tablón, el papel reposará un tiempo bajo el sol. Algunos tiñen el papel con anilinas, tierras y tintes de origen vegetal.

Las obras de los artesanos otomíes se distinguen por su colorido y creatividad: fauna fantástica y flora imaginaria, paisajes surrealistas, arquitectura imposible, deidades antiguas y seres mágicos. Nos sorprenden los detalles y el cuidado en cada una de estas piezas originales e irrepetibles.

En San Pablito se mantienen vivas milenarias tradiciones. Las viejas formas son parte de la cotidianidad, como tirar tortillas en el comal, o los huipiles de las mujeres y las camisas con detalles en chaquira de los hombres. En los talleres familiares, tenemos oportunidad de admirar no solo un trabajo artesanal con profundas raíces prehispánicas, sino también de acercarnos a la magia, mitos y rituales de los otomíes.

 

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