El arte del cobre martillado en Santa Clara

Los habitantes de Santa Clara del Cobre están orgullosos de su historia, su ancestral oficio y tradiciones como la Feria del Cobre Martillado que se organiza a principios del mes de agosto desde hace más de 40 años. Hombres y mujeres que miran de frente al mundo, combinando fuerza y talento. Las manos toscas y endurecidas por el trabajo son capaces de realizar hábiles y sensibles movimientos para transformar el metal en una obra de arte.

Guadalupe Bucio Gaona, 1 Enero 2014

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En Santa Clara del Cobre hay siempre dos cosas constantes: los lugareños atienden sus vidas cotidianas con calma, despreocupados de los asuntos del mundo, y el golpeteo distante de martillos sobre metal se escucha, rítmico y tenue, desde la madrugada hasta el anochecer. Las casas con techos rojos a dos aguas y calles empedradas, así como su quiosco con casco de cobre en la plaza de armas, embellecen y dan carácter este poblado típico de Michoacán.

Localizado a 20 kilómetros de Pátzcuaro y a poco más de 70 de Morelia, ciudad capital del estado de Michoacán, Santa Clara del Cobre fue nombrada Pueblo Mágico en 2010 durante las festividades del Bicentenario de la Independencia de 1810 y Centenario de la Revolución de 1910 en México.

En este pueblo los martillos cantan, los hombres trabajan duro y lo hacen orgullosos de su historia y tradiciones. Su oficio les ha dado fama mundial como forjadores del cobre martillado, un arte con profundas raíces prehispánicas, pues los purépechas ya elaboraban piezas con cobre desde antes de la llegada de los españoles.

En el siglo XVI, don Vasco de Quiroga, primer obispo de la otrora Intendencia de Valladolid, hoy Michoacán, inspirado en las ideas del manuscrito Utopía, obra del humanista inglés Tomás Moro, impulsó en este territorio de la entonces Nueva España un nuevo modelo de sociedad más justo y sustentable conocido como pueblos-hospital, ciudades donde se protegían la cultura, salud y religión. Este modelo colonial aún perdura en las poblaciones michoacanas como Santa Clara del Cobre, fundada en 1571, y es un ejemplo de organización, sincronía y trabajo de sus habitantes.

A pesar de los siglos transcurridos, los descendientes de los purépechas, nativos originarios de la región, hacen referencia a don Vasco como Tata, una forma cariñosa de recordar al abuelo y protector de los pueblos a los cuales enseñó a perfeccionar técnicas milenarias.

El oficio del fuego

Detrás de cada pieza terminada, ya sean ollas, cazos, vasijas, copas, charolas o joyería, existe un proceso de varios meses de coordinación y esfuerzo constante. Lo primero es conseguir la materia prima, es decir, extraer el cobre de la tierra o juntar desperdicios de este metal de los cables que deshecha la industria eléctrica.

La fundición comienza después de seleccionar cuidadosamente el material. Se hace un agujero o cendrada en la tierra para cubrirlo con ceniza y leños de encino, después se agrega carbón. Comienza a arder el fuego avivado con fuelles. La fragua producirá un tejo de cobre, recibe este nombre por el medio círculo de metal que se obtiene durante el fundido en el interior de la cendrada.

Cuando se consigue el punto de fusión, aproximadamente unos 1086 grados de calor, el cobre se encuentra en estado líquido y es necesario el llamado fraguado lento, o sea, evitar que el oxigeno haga contacto con el metal, pues en caso de que así sucediera, el cobre se endurecería y por lo tanto sería imposible trabajar con él.

El paso siguiente es el forjado del cobre al rojo vivo. Este es el momento en que se escucha el sonoro canto de los martillos. Un conjunto de ocho a doce artesanos golpean el metal con sus marros, surgiendo una melodía centenaria. Pareciera por un instante que los hombres danzan alrededor del yunque, pero sólo alternan su lugar para tomar impulso y aporrear con fuerza el metal. El sonido producido es una sincronía de fuerza y movimiento.

Sobre los rostros aparecen los primeros signos del esfuerzo como el sudor o los ceños fruncidos; sin embargo, ellos siguen con su labor, una y otra vez pues el cobre necesita regresar continuamente al fuego. Este proceso se repetirá a lo largo de varias horas. Dependiendo de la pieza se procederá al extendido o ahondamiento. Entonces se alterna calentamiento y martillado. Con los golpes se endurece el cobre y se hace más resistente. La elaboración de un cazo en cobre martillado puede durar hasta tres meses.

Posteriormente, durante el proceso de elaboración de la pieza, se usan herramientas como bigornias, candongas, punzones y cinceles. Esta forma de trabajo revela una tradición artesanal que se ha transmitido de generación en generación. Los niños de Santa Clara del Cobre, desde que tienen cinco años ya usan martillo y cincel en la Escuela Taller, donde se preparan para ser los nuevos maestros del oficio. Además se cuenta con un museo dedicado al cobre martillado, en este recinto se conservan objetos decorativos elaborados por reconocidos artesanos como la familia Punzo.

Los habitantes de Santa Clara del Cobre están orgullosos de su historia, su ancestral oficio y tradiciones, como la Feria del Cobre Martillado que se organiza a principios del mes de agosto desde hace más de 40 años. Hombres y mujeres que miran de frente al mundo, combinando fuerza y talento. Las manos toscas y endurecidas por el trabajo son capaces de realizar hábiles y sensibles movimientos para transformar el metal en una obra de arte.

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